Pelonía

June 26, 2019

¿A quién nunca le ha pasado de hacerse la cabeza por algún que otro pelo y salir corriendo a depilarse antes de una salida? ¿Quién no ha soportado un día de extremo calor con pantalón largo sólo para que las otras personas no notaran que no estábamos depiladas? ¿A quién no se le ha encarnado un pelo o incluso sangrado la piel luego de una depilación? 

Si retrocedemos cien años en el tiempo podremos entender como comenzó esta contienda en la que se encuentra la mujer contemporánea. 

 

 

Nuestra herencia depilatoria puede remontarse a 1915, el año en el que salió al mercado la primera Gillette específica para la dama, junto con una gran campaña publicitaria en contra del vello en las axilas de las mujeres. Ésta alentaba la noción de que una Lady no debía poseer vello en las axilas y que por el contrario, las mismas tenían que ser blancas y suaves. No es ninguna coincidencia que ésta fuera la época en que los vestidos sin mangas se pusieron de moda. Años más tarde, cuando la mujer reemplazó los vestidos hasta los tobillos por unos hacia las rodillas, las piernas de la dama se vieron por primera vez abiertas al escrutinio público, por lo que el uso de pantimedias se popularizó. Sin embargo, con el estallido de la segunda guerra mundial, se produjo una falta de nylon que tuvo como consecuencia la escasez de estas medias. Las mujeres respondieron afeitándose las piernas, muchas incluso llegándose a dibujar una línea por detrás de las mismas para imitarla.

 

 

Mientras polleras cada vez más cortas y trajes de baño empequeñecidos se convertían en la norma, más cantidad de piel quedaba expuesta, y por lo tanto, mayor era la cantidad de vello que las mujeres eran llevadas a remover. Esto era (y es) reasegurado por las películas, series y revistas de moda, donde la mujer lampiña parece ser el estándar de belleza. 

Una gran pregunta que cabe hacernos, es por qué en todo el proceso histórico mencionado la depilación estuvo y continúa estando asociada principalmente a las mujeres. Esto no quiere decir que no haya hombres que no se depilen, sino que, a lo largo del tiempo, esta práctica se construyó  como una norma social muy fuerte, que el género femenino debió y debe seguir.

Hoy en día, muchísimas mujeres, en su mayoría jóvenes, deciden sacarse todo el vello de la zona púbica. Cuando se les pregunta la causa, una respuesta frecuente es la sensación de mayor higiene. En contraste, muchos son los médicos que advierten contra este procedimiento, ya que apuntan a que los pelos funcionan como una barrera y que sin ésta hay mayores posibilidades de tener pelos encarnados, vellos encarnados o enquistados, infección de los genitales y enfermedades de transmisión sexual. Si a estos riesgos se le suman los altos costos económicos de la práctica y el enorme dolor padecido, podemos preguntarnos por qué realmente es llevada a cabo.

 

 

Como pudimos ver en el breve recorrido histórico, cuanta mayor piel era exhibida, más se esforzaban las mujeres por remover el vello en pos de los ojos ajenos. Por lo tanto, el problema no parece encontrarse en el pelo en sí (ya que tampoco suele molestarle a la sociedad el vello de los hombres que se encuentra en las axilas, piernas, pecho, espalda, rostro, etc) sino en el escrutinio público acerca de él. Al vivir en una cultura en la que el sexo casual es cada vez más común, las mujeres nos estamos sintiendo juzgadas hasta en estos ámbitos privados. Abunda la vergüenza acerca de nuestros cuerpos, el miedo de que alguien se ría de nosotras por algún que otro pelo e incluso la inseguridad de que el propio cuerpo sea tema de conversación entre los hombres.

 

La conclusión a la que quiero llegar no refiere al tema de si tenemos o no que dejar de depilarnos. Lo que debemos hacer es permitirnos reflexionar acerca de esta práctica que está totalmente incorporada en nuestra vida cotidiana. ¿Cómo llegó a ser común la  asociación entre la depilación y lo femenino? ¿Por qué la falta total del vello, que nos remite a la niñez, es el ideal de belleza del “sexo débil”? ¿Cuándo llegamos al punto de normalizar que a la sociedad le parezca asquerosa una mujer con pelos en el cuerpo? Lo que solemos interpretar como normal, realmente no lo es; porque la realidad es que no hay práctica social que no esté teñida por construcciones históricas culturales. Lo que quiero decir es que, viendo que nosotros mismos somos los que construimos la normalidad, también tenemos en nuestras manos la capacidad para desconstruirla y reconstruirla de la manera que nos parezca más justa.

 

Texto por Lara Ferreiro - Fotos Nicolás Lucociero. rei.artzine

 

 

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