Arte al paso de todos

May 29, 2019

Mis pies se van moviendo uno delante del otro apresuradamente por la estación Retiro para llegar al tren antes de que parta. Me subo al Mitre y voy caminando por su extenso pasillo, de vagón en vagón. El efecto moderno que generan los familiares colores blanco y celeste del tren me reconfortan. Sus conocidos asientos azules están debajo de los típicos ventanales desde los que miro el recorrido de ciudad a provincia. Sé que el trayecto de Retiro a Tigre es largo, así que trato de encontrar un asiento en el que poder leer los apuntes de la facultad para aprovechar el tiempo. Todos los días la misma rutina, el mismo viaje. Pero lo que pasa a mis alrededores no es siempre igual. Hoy me llama la atención algo, mejor dicho alguien; enfrente mío tengo a Michael Jackson llorando. Su cara está cubierta de lágrimas pero aún así su parecido con el rey del pop es sorprendente. Es una chica de unos veintitantos, con un sombrero negro y dorado, anteojos de sol y ropa que definitivamente usaría Michael. No solo sus rasgos faciales son similares, sino que su pelo enrulado debajo de un gran gorro negro con dorado y su vestimenta evocan en mí su imagen al instante. Parece que llora porque le han robado el celular en el tren, el mismo vehículo en el que trabaja cinco horas al día bailando e imitando a Jackson, con la ayuda de la música que sale de este artefacto que le han quitado.

Mientras Michael se pelea con el guardia de seguridad, otra cosa sucede en el mismo vagón en el que me encuentro. Puedo escuchar unos agudos por encima de la discusión. Es un joven cantando “Bohemian Rhapsody” a todo pulmón en el medio del vagón.

-Mama, uhhh…

Veo las lágrimas de Michael brotar de nuevo.

-Didn't mean to make you cry…

 

 

Empiezo a ver al tren con otros ojos. ¿Cómo puede ser que tomemos a los artistas de los transportes como algo cotidiano y normal? ¿Nadie se pregunta qué hay detrás de esa expresión artística qué nos muestran? No puedo ver a un Michael Jackson y a un Freddy Mercury en el tren y no preguntarme por cuestiones tales como por qué este tipo de personas están todos los días presentes en mis viajes o por qué eligen este medio para mostrarnos su lado artístico. Quiero comprender la expresión más urbana y accesible del arte.

Me propongo resolver el enigma de la intervención artística en los transportes públicos, así que decido pedirle su número de celular a Freddy, que me dice que se llama Sebastián, para poder hablar con él más tarde y que me pueda dar respuestas al respecto. Sebas canta ocho horas, tres veces a la semana, en el tren y subte, con lo que suma una ganancia aproximada de ochocientos pesos por día. Hace tres años que se gana la vida en estos transportes, ya que tiene otros trabajos, pero éste es su principal fuente de ingreso por lo difícil que es conseguir un empleo estable y en el que le paguen bien, en el ámbito musical.

 

Me cuenta que los artistas callejeros como él son los que mantienen viva la cultura argentina, porque, si no fuera por ellos que le acercan a todos los pasajeros el tango, el folklore e iconos de la historia del rock nacional, esta música raramente sonaría en otros lados. Él empezó a compartir su voz con los pasajeros del tren mediante el folklore con un amigo, y mucha era la gente que se le acercaba emocionada a decirle que esas canciones las escuchaban sus abuelos o padres. Hoy en día sigue cantando este género porque cree que es su deber mantener viva la llama de nuestra cultura, pero a su vez también interpreta hitos musicales de, por ejemplo, Queen, Abel Pintos y Virus, entre otros. Sebastián cree que otro propósito del arte en los transportes públicos es llevarles alegría a los pasajeros y así poder distraerlos de sus problemas habituales; es decir, darle un respiro a la cotidianidad para cederle momentáneamente el lugar al arte.

 

 

Voy buscando otros artistas en los transportes y me encuentro con Malnez, un gran fotógrafo que distribuye creaciones propias en un folleto llamado “Hollín”. Estas fotografías suyas muestran escenas de la vida cotidiana de la gente y sus realidades, así, Malnez busca hacernos reflexionar acerca de nosotros mismos y quiere abrirnos los ojos para que podamos ver lo mal que vivimos. Su labor en los transportes públicos comenzó cuando se quedó sin trabajo y dejó la carrera de cine. Me comenta que en ese momento se preguntó por qué si un amigo suyo era capaz de ganarse la vida vendiendo libros un tanto obscenos en el tren, él no podría ponerle empeño y esfuerzo a la fotografía, que es algo que siempre amó, para convertirlo en su trabajo. Además, tiene la convicción de que al arte le pertenecen lugares rodeados de gente, como lo son los transportes públicos, y no unas galerías que juntan polvo a la espera de algún ricachón. Él cree que esta segunda concepción acerca del arte es la que enseñan en las facultades. Por su parte, él se siente gratificado cuando su mensaje llega a las personas y logra empatizar con éstas, sacándoles, aunque sea un segundo, la mirada del celular. Por eso es que “Hollín” no tiene un valor establecido, para que pueda llegar a la mayor cantidad de gente posible y aquellos, a su vez, sean capaces de llegar a su casa, trabajo, facultad o el lugar al que se dirijan con este mensaje que los saca de su rutina y les permite reflexionar.

 

 

Otro artista con el que tuve la tuve oportunidad de hablar fue Percucello, que es el seudónimo que utiliza Jesús para representar el lado artístico de su persona. Me comenta que este costado suyo tiene tres facetas: la académica, mediante la cual estudia, se sigue perfeccionando y da clases; la popular, con la cual se sale del orden establecido de lo académico y tiene la posibilidad de conectar con otros músicos de diversos géneros (como rock, hip hop, salsa, folk); y por último su faceta cultural con la que es capaz de fusionar la música con otras disciplinas tales como la pintura, la danza, la poesía o el yoga, entre otras. Me explica que integrar el arte con diferentes ámbitos sirve para que distintos tipos de personas puedan conectar, y es por eso que en Venezuela, su país de origen, fue cofundador de una ONG llamada La Vida Suena.

 

Una de sus iniciativas fue pintar y reconstruir un anfiteatro abandonado, en el que luego integrarían diferentes tipos de arte, para que los ciudadanos, en un momento de gran crisis, pudieran encontrar un espacio en el que unirse entre ellos y dejar de lado las discusiones y la violencia. Percucello pone énfasis en la capacidad del arte de ser un puente entre distintas personas y él, mediante el instrumento que toca, el cello, siente esa conexión que es capaz de generar en la gente. La primera vez que tocó en un transporte público fue en Venezuela, donde es inusual que haya artistas callejeros.

 

Me cuenta que subió a un colectivo con el cello en la mano y les dijo a los pasajeros que no iba a pedirles nada a cambio, sino que quería darles una canción de regalo, sin importarle la ideología política de cada uno. Les explicó que les venía a traer música, porque ésta conecta a la gente, y luego tocó “Venezuela”, un tema muy conocido y significativo para los venezolanos, que los hizo emocionar, pero más importante, los unió en ese lugar y en ese instante. Sabiendo que en Buenos Aires había muchos artistas callejeros, hace ocho meses vino a vivir a nuestro país, para traer su música y concepción del arte a nuestros transportes urbanos, en los que toca desde pop actual o Spinetta hasta los Beattles, folklore venezolano e inclusive la base para que algún rapero del tren cante.

 

 

Con los testimonios de Sebastián, Malnez, Percucello y otros artistas tales como los del grupo Folk Pop, que fueron unos de los primeros en tocar en el ferrocarril Mitre hacia Tigre, el guitarrista  Diego Adrián y la violinista Kurcka Antonelleb, llego a varias conclusiones. En primer lugar, no está mal que nos hayamos acostumbrado a ver artistas en los transportes, todo lo contrario, ayuda a que este fenómeno, que no es muy antiguo, vaya ganando cada vez más fuerza y sumatoria de gente. Por otra parte, todos estos artistas que tuve la oportunidad de conocer son muy felices y aman lo que hacen. La finalidad de su trabajo, no es una cuestión meramente económica, porque para eso podrían conseguir un trabajo regular, sino que tienen una necesidad interna de expresarse artísticamente. A todos nos es fundamental comer, pero a ellos también les es imprescindible realizar arte, y con esto, poder conectarse con otras personas.

 

 

Una mirada diferente acerca de los transportes públicos es que los artistas que trabajan en ellos no sienten que se están degradando al exponerse en este medio, todo lo contrario, sienten que es una noble tarea, ya que le permiten a la gente aspirar un poco de aire artístico en medio de su contaminada vida cotidiana y común. Cuando logran alegrarle el día a alguien, hacerlos reflexionar o conectarlos con otras personas o consigo mismos, se sienten plenos y felices, por lo tanto, ¿por qué sentirían que se están rebajando al mostrar su arte en un espacio público en lugar de expresarlo en un teatro o en una galería, si en realidad, los que nos enseñan a salir de nuestro modo automático, aunque sea un momento al día, son ellos? Creemos que cuando le damos diez pesos a algún artista en el tren lo estamos ayudando, cuando la realidad es que el que nos está dando una mano es el otro. Tratando de responder la pregunta de qué hay en este tipo de artistas más allá de lo que vemos, termino haciéndome una pregunta superior: ¿Qué es el arte y por qué es tan necesario en nuestras vidas? Espero poder responderla en algún momento, pero, por lo pronto, me conformo con el conocimiento que me brindaron estos artistas a los que previamente percibía como un enigma; sin embargo, cuando me acerqué a hablarles los comprendí porque me abrieron el corazón y me mostraron su forma de ver y de vivir la vida, que es la que quieren contagiarnos un poco cada día en los transportes públicos.

 

 

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