Naufragando en Alta Mar

December 21, 2016

_¡La gente tiene el sentido estético metido en el culo, por eso les encanta consumir mierda!_. 

Dijo Liz con semblante mezcla Haiku/Punk: sencillo & brutal. Sin el más mínimo esfuerzo podía describir una situación, un sentimiento, una idea o lo que fuera en dos o tres frases bien articuladas.

 

Una mujer había comprado un cuadro en la Galería de Arte del centro comercial y eligió sin lugar a dudas la más fea de las obras; un paisaje insulso de un bosque con una casa de madera junto a un lago, una oda en óleo al aburrimiento.

 

Hace 3 días que no íbamos a clases, estábamos en época de finales y nos importaba tan poco... Era el último año de secundaría y todos estaban como vueltos locos al respecto, nuestros compañeros, padres y maestros.

Pero tras el discurso/fachada de objetivo logrado y comienzo de una nueva etapa en la vida que tanto pregonaban, se ocultaba un profundo vacío y sin sentido que yo no estaba dispuesto a aceptar.

Ni tampoco Liz, que finalmente luego de varios intentos logró encender un fósforo y prendió su cigarrillo.

 

Me quedé largo rato mirando el reflejo de Liz en la vidriera de la Galería de Antigüedades. Sentada ahí en el suelo junto a mi, pasando juntos una tarde de diciembre, una más, matando el tiempo, tomando cerveza y a la noche menzclandola con hielo ginebra & limón.

Desde otra vidriera, la de la tienda de lámparas, se reflejan a la perfección y en excelente ángulo las piernas de Liz. Su piel morena con esos delicados vellitos rubios en sus muslos que a la luz del sol le dan un brillo platino hipnótico. La visión fugaz de su ropa interior me deja flotando por sobre la ciudad en un segundo eterno y luego violentamente bajo de regreso...

 

Esta noche descubrimos un bar cubano en San Telmo, en el lugar todos miraban atentos la televisión porque pasaban un partido de fútbol entre Cuba v/s El Salvador. 

La gente lo vivía con euforia, como si se tratara acaso de un Derby tipo Manchester United vs Barcelona.

Al principio me pareció graciosa la algarabía por tal insignificante partido, pero luego, observando a las personas y sintiendo la vibración mezcla de nostalgia, deseo y amor que flotaba en el aire del bar, lo pensé mejor y cambié de opinión: ¡Que se jodan Manchester & Barcelona! ¡Toda España, Inglaterra, toda Europa al carajo! ¡Éste es el fútbol real! 

Cuando Cuba hizo un gol lo celebramos emocionados, Liz se quedó abrazada a mí por largo rato.

 

Salimos del bar, caminamos a solas por la calle unos minutos antes que el sol, unos minutos antes que los transeúntes, los colectivos y su violenta rutina dieran la cara.

Lamentamos no tener el poder de teletransportación para volver a casa instantáneamente.

Armamos ridículas coreografías y poses de "teletranspotación" con innecesarios gestos tipo "Power Rangers", pero seguíamos ahí en el mismo lugar: La parada del colectivos. 

Intentamos una nueva "coreografía de teletransporte" ésta terminaba con nuestras manos tomadas y nuestros rostros enfrentados, nuestros labios rozándose, respirándonos el uno al otro, besándonos… 

 

Funcionó.

 

Nos teletransportamos pero no a casa, aparecimos en una playa, en plena noche de luna llena, sintiendo de cerca romper las olas & su brisa salada en medio de la oscuridad.

Algo en mi interior me dijo que era el momento indicado para decirle que la amaba con locura, pero ella habló primero con una extraña idea: _Esta noche somos cubanos, míranos aquí parados frente al mar, tenemos que conseguir una balsa y largarnos, ¡volvamos a casa!_

 

Remamos, atravesando un mar bravo en la más profunda & sorda penumbra. El agua fría nos salpicaba violenta con su oleaje, mi cuerpo temblaba por el frío haciendo tronar mis huesos y tensando a muerte mis nervios. No podía sentir mis manos, ni mis piernas, sólo un terrible dolor y un temblor incontrolable.

Mi mandíbula batiente por la hipotermia generaba un tronido abrumador en mi cabeza.

La sal en mis ojos ardía, mi vista se nublaba, perdí la noción de Liz, sólo sentí que la balsa perdió peso y se hacía imposible de controlar. Bebí agua de mar cada vez que intenté respirar, agua entrando con fuerza por mi nariz & mi boca, llenado mis pulmones... Creo que me desmayé.

 

Oscuridad.

 

Desperté de golpe en mi habitación, a mi lado Liz leía uno de mis libros; "Estravagario" de Pablo Neruda.

Me dijo con su voz suave, tranquila, con tintes de tarde de otoño:

_Los revolucionarios como vos, deben saber que en altamar hay que seguir las reglas del capitán, no queremos agitadores en la mar Lucociero!_

y mirándome directamente a los ojos agregó: _Que no puedas llegar nunca, eso es lo que te hace grande_

 

Su pelo aún mojado lleno de arena, arena en su cuerpo, en el mío, arena en las sábanas, las aguas del reloj se deshacían y se volvían arena. 

Liz dejó el libro a un lado, me dio su celular con una nota escrita en un papel. Entonces me dijo severa mirándome directamente a los ojos: _Si me amas, cuando te contesten el teléfono lee la nota en vos alta, ¡no la leas antes! ¡Sino no nos vemos nunca más!_

 

El celular ya marcaba, el papel estaba doblado en 2 no podía ver que decía sin abrirlo. ¿A quién estaba llamando? ¿Y qué era lo que iba a decir?

Porque a quien sea que estuviera llamando y fuese lo que fuese lo escrito en ese papel, yo lo iba a decir. Porque amaba a Liz, la amaba con los dedos, con los sueños, con el hígado, con la mente, con el corazón, con el sexo, la vergüenza, con mis dientes y las caries, con mi adolescencia y su síndrome de ansiedad. Con todo lo que yo era aquella noche.

 

Un hombre mayor contestó la llamada, abrí el papel: _Tu hija ya no es virgen_.

Le dije y corté.

 

Liz se reía con fuerza pero sin emitir el más mínimo sonido, una risa muda, hasta que un suspiro feroz la trajo de vuelta en una risotada incontenible y algo maquiavélica. Me dió un suave y largo beso. Y otro... y más.

 

A lo lejos, en la planta baja, al final de un largo zaguán, mi abuela escuchaba una vieja ópera en italiano que por un rato se robó mi atención, decía: <<M'ama, sì, m'ama, lo vedo, lo vedo! Un solo istante i palpiti del suo bel cor sentir!>>. 

 

La canción era "Una Furtiva Lágrima" de Enrico Caruso. Pero de eso me enteré doce años después, el recién pasado Agosto cuando heredé los discos de mi abuela y girando sobre la bandeja del tocadiscos me trajo por sorpresa este recuerdo.

 

 

 

 

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